
Acaba de salir un artículo que escribí el año pasado sobre la teoría de la religión del sociólogo alemán Hans Joas. Allí me centro en el papel que puede desempeñar la religión en la estabilidad de los Estados modernos. Este es el enlace al texto.

Acaba de salir un artículo que escribí el año pasado sobre la teoría de la religión del sociólogo alemán Hans Joas. Allí me centro en el papel que puede desempeñar la religión en la estabilidad de los Estados modernos. Este es el enlace al texto.
Que la cría contemporánea de animales sea una práctica reñida con los principios de (a) la sustentabilidad ambiental, (b) la salud pública y (c) la ética animal, no es ninguna novedad. Desde hace décadas está claro que esta actividad económica contribuye enormemente al calentamiento global de la atmósfera, a la deforestación y al uso excesivo de recursos escasos como el agua. También está probado que la producción de carnes, leche y huevos en la escala que actualmente se da es solo posible mediante el uso masivo de antibióticos, lo que constituye una de las principales amenazas para la salud pública debido a que los patógenos se vuelven cada vez más resistentes. Y ni hablar aquí de los efectos nocivos para la salud del consumo excesivo de productos de origen animal, causa de muchas enfermedades cardiovasculares, metabólicas y oncológicas, entre otras. Por último, es indiscutible que las técnicas usadas en la ganadería, la avicultura y la piscicultura contemporáneas no solamente son causas de dolores físicos y sufrimientos psicológicos aberrantes para los animales, sino que esos métodos los degradan a meras “máquinas biológicas” destinadas a la producción de materias primas para los seres humanos.
En otras palabras, existen sobradas razones ecológicas, sanitarias y éticas para oponerse a la cría actual de animales. Un mundo sin ganadería, sin avicultura y sin piscicultura sería un mundo más sustentable, más sano y más virtuoso.
Con todo, a muchas personas les resulta impensable volverse vegetarianas o directamente veganas. Piensan que si un niño no toma una taza de leche a la mañana no puede crecer, sienten que un almuerzo sin un pedazo de carne no es una comida completa y sostienen que una torta sin huevo no tiene gusto a nada.
La filósofa estadounidense Evelyn B. Pluhar, en un artículo de 2009, “Meat and morality: Alternatives to factory farming”, se toma muy en serio estas consideraciones. ¿Cómo se puede dejar contento al consumidor actual, voraz y omnívoro, sin seguir destruyendo al planeta, propiciando la llegada de la próxima pandemia y, sobre todo, sin continuar tratando a los animales de un modo inhumano? Para ella, existen dos posibilidades.
Primero, el abandono de las prácticas ganaderas, avícolas y piscícolas actuales debe ir de la mano de la creación de innumerables granjas familiares o comunitarias, sobre todo para asegurar la producción “artesanal” de huevos y leche. Segundo, debe incentivarse la producción de carne cultivada –o carne de laboratorio– en modernos y eficientes establecimientos industriales. Si bien esta nueva técnica no podrá satisfacer las demandas de los paladares más exigentes, sí podrá suministrar en un futuro no muy lejano cantidades suficientes y económicamente accesibles de productos muy similares a lo que hoy llamamos carne molida o pechugas de pollo, por ejemplo.
Una aclaración: las granjas familiares y comunitarias por las que aboga Pluhar no deberían dedicarse a la producción de carne –solo a la de leche y de huevos–, porque, según la autora, no hay forma de matar a un animal para el consumo que no sea denigrante para la víctima y embrutecedora para el victimario.
Otra aclaración: si bien Pluhar no lo dice en su artículo, está claro que estas alternativas ecológicas y éticas a la actual cría de animales, centradas en pequeñas granjas y en grandes laboratorios, no lograrán satisfacer el enorme apetito de productos de origen animal de la población mundial actual. Por consiguiente, no solamente se deberán consumir productos de un origen distinto al que es predominante en nuestros días, sino que se deberá consumir menos cantidad. Simultáneamente, los productos de origen vegetal tendrán que cubrir las necesidades alimentarias y satisfacer los caprichos gastronómicos de la población actual, algo que, por lo que puede observarse en los quince años que transcurrieron desde la publicación del artículo de la autora, la industria es capaz de llevar a cabo (en cualquier supermercado actual hay una amplia gama de productos veganos que reemplazan a los convencionales).
En reiteradas ocasiones escuché este argumento contra la legalización de la eutanasia y el suicidio asistido: “En nuestro país no existe una buena prestación de medicina paliativa para todos los ciudadanos. Si legalizamos la eutanasia, lo que sucederá es que las autoridades dejarán de experimentar presión para invertir más en la paliación. El desarrollo de esta forma de medicina se detendrá en el punto en que está, e incluso es posible que vuelva unos pasos atrás. Por lo tanto, no debemos abogar por la introducción de la muerte asistida hasta no contar con un muy buen cuidado paliativo para todas y todos los enfermos que lo requieran.”
Lo primero que quisiera notar aquí es que este no es un argumento contra la eutanasia y el suicidio asistido como tales. No dice que sean prácticas éticamente erróneas en sí, sino solamente que su legalización poseería un efecto negativo en el desarrollo de la medicina paliativa, un tipo de medicina que, en países como Argentina, tiene mucho camino por delante.
Mi primera respuesta a este razonamiento es que se basa en un temor infundado. No hay nada que nos permita asegurar fehacientemente que la introducción de la muerte asistida lleve a una desinversión o a un desinterés comunitario en el área de la medicina paliativa. El punto está en que la eutanasia y el suicidio asistido no son una alternativa a la paliación, sino un complemento: son abordajes complementarios, no antagónicos. La presión ciudadana por un mayor desarrollo de la medicina paliativa es independiente de la posibilidad de terminar la propia vida gracias a la asistencia médica.
Téngase asimismo presente que, mientras que un número muy significativo de los ciudadanos que actualmente están sanos requerirán algún tipo de paliación en el futuro –en la fase final de sus vidas–, solo una cifra muy pequeña se decantará por la eutanasia o el suicido asistido –en el caso de que finalmente logren legalizarse estas prácticas en los próximos años–.
Mi segunda respuesta al argumento en cuestión es que pasa totalmente por alto la realidad del paciente que hoy desea poner fin a su vida porque no resiste más el dolor y la indignidad que le genera la enfermedad grave e incurable que padece. ¿Puedo, por ejemplo, responderle a un enfermo terminal que solicita la eutanasia que no, que no vamos a satisfacer ese deseo suyo hasta que en el país no haya un buen servicio paliativo? ¿Cuántos años o, mejor, cuántas décadas necesita una nación como Argentina para desarrollar una medicina paliativa satisfactoria? Seguramente, bastantes. ¿Y qué vamos a hacer entonces con ese moribundo que necesita una respuesta ahora, no de acá a veinte, treinta o cuarenta años? En otras palabras, la discusión sobre los supuestos efectos negativos de la introducción de la eutanasia ignora la realidad concreta del paciente que hoy espera una respuesta acorde a su situación.
La conclusión es que, como ciudadanos, debemos hacer lo que esté a nuestro alcance tanto para que mejore la oferta paliativa en Argentina (y en tantos otros países) como para que se incorpore el derecho a la muerte asistida.
Los otros días escuchaba la charla sobre ética animal que daba una doctoranda de Filosofía. En realidad, la estudiante no tenía una posición propia, más bien contrastaba la tesis utilitarista de Peter Singer con el deontologismo de Tom Regan y Gary Francione. Al final, se decantaba por esta última postura y exponía la –según ella– principal consecuencia práctica, el abolicionismo.
Si bien yo simpatizo con el deontologismo, tengo mis serias dudas respecto al abolicionismo. Creo que se puede ser deontologista en la ética animal sin adherir necesariamente al abolicionismo o, mejor dicho, a las versiones más radicales del abolicionismo.
El punto para mí es este: la manumisión o liberación de los animales domesticados de la esclavitud a la que los venimos sometiendo implicará más miseria para esos seres y, tarde o temprano, su muerte, con la consecuente extinción de sus respectivas especies.
Tomemos un ejemplo simple, el de las vacas usadas (explotadas) para la producción industrial de leche, carne y cuero, tal como se da en nuestros días. Estoy de acuerdo con Regan y Francione en que esa es una situación éticamente inaceptable a la que sometemos a los animales. No hay nada desde el punto de vista ético que pueda avalar la realidad a la que son sometidas millones y millones de vacas actualmente en todo el mundo.
Ahora bien, la liberación de esos animales, aun cuando se dé de un modo planificado, supondría nuevos sufrimientos y finalmente la muerte de esos sujetos. Algunas vacas podrían encontrar algún nicho en alguna pradera y comenzar una nueva vida, esta vez acorde a las exigencias que impone la vida salvaje, con sus dificultades y sus ventajas, pero ese no sería el destino de los millones de seres de esta especie. (Una vaca difícilmente puede subsistir en una selva o en una región semiárida, y menos aún en alguna ciudad que no sea de la India.)
Este creo que es el talón de Aquiles de muchos abolicionistas, el creer que con abrir las puertas de las jaulas y las tranqueras de los corrales se termina el problema. Al contrario, ahí empieza un nuevo problema, y no menor para la ética.
Algún abolicionista más refinado me podrá decir lo siguiente: “El punto es que nosotros, los seres humanos a partir del neolítico, fuimos los que trajimos al mundo a estos seres infelices mediante el proceso de domesticación, tan solo para explotarlos según nuestra conveniencia. Por tanto, lo mejor que podemos hacer es ofrecerles una desaparición indolora, por ejemplo, esterilizando a todas las vacas y los toros actuales (sin causarles dolor ni estrés, obviamente), hasta que, en un estado de semilibertad mueran de acá a un par de años y se extinga, así, la especie vacuna, que no fue una especie surgida de la evolución natural, sino de nuestra malsana ‘evolución asistida’.”
A mí esta posición me parece horripilante. Es cierto que fuimos nosotros los que trajimos las vacas al mundo, y que no fue por motivos loables, sino por nuestro interés; también es verdad que la mayoría de estos animales no la pasan para nada bien y que urge hacer algo al respecto. Pero llevar a una extinción indolora a todos estos seres a fin de liberarlos del dominio humano me resulta espeluznante.
Mi posición es que, hayamos hecho lo que hayamos hecho en el pasado, estos animales hoy en día existen y podemos ofrecerles una forma de vida lo más acorde a sus requerimientos, esto es, un modo de existencia en buena medida satisfactoria, sin que ello implique liberarlos del hombre. Hay muchos ejemplos de granjas familiares o comunitarias que les brindan a esos animales las condiciones para que lleven una buena vida. El hecho de que un ser como una vaca –o como un perro o como un niño– no pueda vivir sin el cuidado del ser humano adulto no implica que deba llevar una vida menos digna. En otras palabras, la cuestión no está en vivir bajo la supervisión del hombre, sino que esa supervisión no se convierta –como lamentablemente se convirtió– en una relación de explotación.
En todo caso, lo que puedo aceptar de los abolicionistas es que los modelos de granjas alternativas no pueden asumir el ingente número de vacas hoy existentes. Una granja comunitaria puede tener una decena de vacas, pero no cientos o miles de animales, porque eso implicaría volver a los deplorables métodos industriales que usan las grandes haciendas hoy. Por tanto, no queda otra que reducir su número (aunque, insisto, sin llevarlo a cero).
Por supuesto, en el caso de que el ser en cautiverio sea un animal salvaje, ahí sí concuerdo con el abolicionismo: hemos de hacer todo lo posible para liberarlo, esto es, para que vuelva a su hábitat natural.
En síntesis, no podemos dar vuelta atrás el reloj de la historia. Los animales domésticos son una realidad, y el hecho de que no puedan vivir sin nosotros no implica que las alternativas sean la explotación o la desaparición. Podemos y debemos buscar formas de convivencia con estos animales que sean satisfactorias para ellos y para nosotros.

En varias entradas pasadas me referí a la cuestión del estatus moral de los animales. A mi entender, los animales son miembros plenos de la comunidad moral. Por eso, no solamente no debemos hacerlos sufrir o matarlos injustificadamente, sino que también –y, ante todo– debemos reconocerlos como sujetos, esto es, como “uno más” de este nosotros que integramos todos: hombres, animales y entidades valiosas.
Ahora bien, ¿qué significa concretamente reconocer a los animales como sujetos morales? Más allá de verlos como una parte esencial de la comunidad moral, significa considerar sus intereses, en la medida en que esto sea posible. En otras palabras, implica imaginar qué es lo que necesitan y desean, y buscar implementar formas de convivencia que satisfagan esas necesidades y esos deseos.
Por supuesto, aquí es importante distinguir a los animales según su grupo de pertenencia. El gorrión que tiene su nido en un árbol del bosque cercano puede tener el interés en que lo dejemos simplemente tranquilo; todo lo que necesita y desea es que no interfiramos en su vida. En cambio, nuestro perro necesita y desea mucho de nosotros, desde que le procuremos el alimento diario hasta que pasemos horas agradables en su compañía. En otras palabras, los intereses de los animales salvajes son bien distintos de los intereses de los animales domésticos y de los animales de la granja (vacas, ovejas, etc.).
Ahora bien, para mí es fundamentar aclarar que los animales no son ni pueden ser miembros de la comunidad política, por el simple hecho de que no son personas. Ya dije que son sujetos y que por eso son miembros de la comunidad moral, con todo lo que eso implica, pero no son ni pueden volverse agentes legales.
El problema de muchos filósofos actuales, inspirados en la obra de Will Kymlicka, es que han pasado de un extremo al otro: del extremo de considerar a los animales como meras cosas sin derecho alguno al extremo opuesto de darles carta de ciudadanía y membresía en la comunidad política. En mi opinión, no es correcto ni lo uno ni lo otro. Por eso insisto en la noción de subjetividad: los animales son sujetos, no personas; incluso, para evitar confusiones, podemos decir que son sujetos no personales, para distinguirlos de tú y yo, que somos sujetos personales o, simplemente, personas.
Aquí tal vez sirva una comparación: en este sentido, los animales son como los niños, es decir, son indudablemente sujetos de la comunidad moral, pero no forman parte de la comunidad política. Eso no significa que no debamos atender a sus intereses; por el contrario, debemos satisfacer en lo posible las necesidades y los deseos de los animales como las necesidades y los deseos de los niños, pero sería ridículo tratar de incluirlos en el ámbito de lo político.
Por supuesto, alguien podría objetar que hay una diferencia nada menor entre, digamos, un perro y un niño de cuatro años: el perro nunca podrá ser miembro de la comunidad política, mientras que el niño sí, de darse las condiciones apropiadas. Estoy de acuerdo con esta observación, solo que creo que no invalida la comparación: hasta que el niño no llegue a la edad que normalmente se establece en la sociedad para la mayoría de edad, no podrá ser miembro de la comunidad política.
Un último punto: tampoco podríamos tratar de incluir a los animales en la comunidad política “indirectamente, esto es, mediante representantes, porque la representación política supone la capacidad, por más lejana que fuese, de ejercer uno mismo la actividad en cuestión. De nuevo, esto no significa que, a la hora de legislar, no debamos tener en cuenta los intereses de los animales; todo lo contrario. Significa tan solo constatar que no son personas que puedan participar activamente en la política, ni ahora ni en ningún momento futuro.
En conclusión: no es una contradicción incluir a los animales en la comunidad moral y excluirlos paralelamente de la comunidad política, como hago. Lo uno no supone necesariamente lo otro. La categoría moral de sujeto está destinada justamente a superar la dicotomía tradicional entre cosa y persona.

A partir de la primera semana de marzo voy a dictar un nuevo taller de cultura en el instituto Cervantes de Atenas. Esta vez el tema son las relaciones entre la literatura y la psicología en lo que hace a nuestros sentimientos. Aquí les copio la información.

𝐀𝐦𝐨𝐫, 𝐡𝐮𝐦𝐨𝐫 𝐲 𝐭𝐞𝐦𝐨𝐫 𝐞𝐧 𝐥𝐚𝐬 𝐥𝐞𝐭𝐫𝐚𝐬 𝐡𝐢𝐬𝐩𝐚𝐧𝐨𝐚𝐦𝐞𝐫𝐢𝐜𝐚𝐧𝐚𝐬
Presentación
La literatura es un espacio privilegiado para reflexionar sobre la vida humana, no solamente sobre sus distintas etapas –desde el nacimiento hasta la vejez y la muerte–, sino también sobre los estados de ánimos, los sentimientos y las pasiones que nos embargan y que dan color, luz u oscuridad a nuestros días. Por cierto, la literatura no es una ciencia como la psicología, pero sí nos ayuda a expresar, a analizar y a pensar nuestro mundo interior.
A lo largo de quince encuentros, nos acercaremos a autoras y autores que, con sus poemas, cuentos y ensayos, han reflexionado sobre nuestra vida anímica y sobre la condición humana. Algunos de los temas que trataremos son el amor y el odio; la amistad y la enemistad; la alegría y la tristeza; el recelo y la confianza, entre otros.
Objetivos
• Profundizar en la poesía y la narrativa españolas y latinoamericanas contemporáneas, resaltando el tratamiento de las temáticas ligadas a la vida, los sentimientos y la condición humana.
• Brindar información sobre autores y corrientes literarias de nuestra lengua.
• Ejercitar destrezas y capacidades en lo que respecta al análisis y la interpretación de los textos literarios (poemas, cuentos, ensayos, etc.).
• Desarrollar competencias lingüísticas específicas, especialmente el vocabulario, la comprensión lectora y la expresión oral.
Programa y modalidad de trabajo
El curso consistirá en 15 encuentros, de dos horas cada uno. Cada encuentro estará dedicado a un autor o un tema que el docente seleccionará previamente. Los participantes recibirán por email el material de lectura y discusión.
Las clases se orientarán fundamentalmente al análisis de los textos y el material audiovisual seleccionados, en un clima abierto que propiciará la interacción continua entre el docente y todos los asistentes. Los alumnos también podrán proponer autores y temas para el análisis grupal.
Idioma
El curso se desarrollará íntegramente en español. Los participantes podrán ser hablantes nativos de español o estudiantes de la lengua que tengan un nivel intermedio o avanzado.
Fechas, horario del curso e inscripciones
El curso consistirá en 15 encuentros semanales, de dos horas cada uno, con un total de 30 horas. Estas son las fechas previstas:
4/3; 11/3; 18/3; 1/4; 8/4; 15/4; 29/4; 6/5; 13/5; 20/5; 27/5; 3/6; 10/6; 17/6 y 24/6
Martes, de 18 a 20 h.
Inscripciones:
https://atenas.cervantes.es/es/cultura_espanol/cultura_talleres.htm
Modalidad de cursado virtual: por medio de Zoom.
Docente
Marcos G. Breuer estudió Filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) y obtuvo su doctorado en la Universidad de Düsseldorf, Alemania.
Desde 2009 reside en Atenas y dicta cursos de cultura en distintas instituciones griegas y extranjeras. Para más información puede visitarse su página web:
Para responder a la pregunta del título hay que definir primeramente qué es la conciencia. ¡Vaya cuestión! Por lo pronto, conciencia puede significar muchas cosas, por ejemplo, autoconciencia, conciencia moral, conciencia en el sentido médico de ‘estado de vigilia’ (lo opuesto al estado inconsciente), etc. Para no enredarnos en estas manifestaciones complejas, propongo una definición muy simple: conciencia es la capacidad de tener estados mentales, no importa si esos estados mentales son básicos –como las sensaciones sensoriales, las sensaciones de placer y dolor, etc.– o si son complejos, como el pensamiento filosófico.
Así, si un ser es capaz de tener estados mentales, aunque sea básicos, tiene conciencia.
Cuando el filósofo Immanuel Kant nació, tenía formas muy elementales de conciencia; en cambio, cuando ya cincuentón redactaba sus obras filosóficas, tenía formas muy complejas de conciencia. Pero en uno y en otro caso era un ser consciente.
La manera más sencilla de asegurarme de que mi prójimo tiene conciencia es hablando con él o ella: si me responde coherentemente, le atribuyo estados conscientes más o menos complejos, de lo contrario, no.
Pero el punto es que no podemos hacer del dominio del lenguaje humano el criterio de la posesión o no de la conciencia. Un bebé no puede hablar y no por eso le niego la conciencia. Lo mismo sucede con una mascota.
En realidad, nunca puedo “salirme” de mi mente y “meterme” en la mente de mi prójimo para ver si efectivamente tiene conciencia. Solo indirectamente puedo inferir que el otro es consciente.
Si un perro se ha clavado una espina y camina con tres patas, deduzco que se comporta de ese modo para evitar el dolor que causa pisar con algo punzante dentro. Por tanto, el comportamiento es la primera manera de saber si alguien tiene estados conscientes, aunque sean muy simples.
Ahora bien, nuestra capacidad de “leer” el comportamiento de los otros es bastante limitada. Pensemos en estos casos. Un colega puede tener un terrible dolor de muelas, pero aguantárselo estoicamente sin decir una palabra. Un bebé puede llorar durante horas sin que sepamos qué le pasa: ¿le duele la panza o tiene hambre?
Si salimos del mundo humano –lo que implica también salir del mundo de los animales que hemos domesticado, como los perros–, nuestra capacidad de descifrar el comportamiento de los restantes seres se vuelve mucho más escasa.
La ciencia nos ofrece hoy otra posibilidad de saber si un ser tiene conciencia. Por todo lo que sabemos, los estados mentales solo ocurren si existe un sustrato neurológico. Para decirlo bastante toscamente, sin sistema nervioso no hay conciencia.
Un árbol no sufre ni goza porque, al fin y al cabo, no tiene cerebro. Eso no quiere decir que no sea un ser vivo, solo quiere decir que es inconsciente, que carece de conciencia, que está “más acá” de la conciencia.
Cuán complejo tiene que ser un sistema nervioso para que el organismo tenga estados mentales al menos básicos es una cuestión que ocupa actualmente a los científicos. Por lo pronto, ya sabemos un par de cosas.
En primer lugar, sabemos que la corteza cerebral (o neocórtex) es una parte del cerebro muy desarrollada en los seres humanos y responsable de las formas más complejas de la conciencia. Si Kant hubiese tenido de niño un accidente que le hubiera dañado la corteza cerebral, no habría podido escribir sus famosos tratados de filosofía.
De todos modos, sabemos que, para tener sensaciones sensoriales, sensaciones de placer y dolor, emociones y conducta prosocial, no se necesita la corteza cerebral de los humanos. Los pájaros son capaces de tener todas estas formas de conciencia gracias a su diminuto cerebro.
Sabemos que los cinco grandes grupos que componen los vertebrados –los mamíferos, las aves, los peces, los anfibios y los reptiles– tienen el sustrato neurológico necesario para tener estados conscientes.
Otras de las cosas que sabemos es que no es necesario tener un sistema nervioso central para tener conciencia. Hasta no hace muchos años se pensaba que los invertebrados, que no tienen un sistema nervioso centralizado como nosotros, no podían tener estados mentales. Pero las investigaciones neurológicas muestran que este supuesto es infundado. Hoy sabemos que, por ejemplo, los cefalópodos –el pulpo, el calamar, etc.– tienen una neuroanatomía distinta de la nuestra, pero que funciona perfectamente como sustrato para el surgimiento de los estados mentales.
Claro que alguien puede decir: “Bueno, los animales podrán tener conciencia, pero debido a que no tienen otras capacidades complementarias, como el habla, no tienen las formas más complejas de la conciencia, como la autoconciencia (la capacidad de ser consciente de que uno tiene estados mentales conscientes) o la conciencia moral, como el sentido del deber o de la culpa.”
Esa observación es en principio correcta, pero es conveniente notar dos cosas. En primer lugar, los animales pueden tener estados conscientes insospechados para nosotros. Por ejemplo, nosotros no podemos percibir los rayos infrarrojos, como sí pueden hacerlo algunos reptiles, y por tanto esa “experiencia del mundo” queda más allá de nuestras posibilidades. Nunca vamos a poder ser conscientes del entorno tal como lo es una víbora.
En segundo lugar, muchas veces lo importante es simplemente saber si un ser es consciente, no si tiene una compleja forma de conciencia que le permite pensar problemas de filosofía. Si los principios éticos establecen que no debemos dañar a los demás, no importa si el daño recae en un recién nacido o en un adulto, en un perro o en un pulpo. Basta que sea capaz de sufrir dolor o de ver mermada su experiencia vital.